Un diagnóstico que empieza por recomendaciones adelanta la conversación y retrasa la evidencia. El método invierte esa costumbre. Primero se describe cómo opera la empresa con los datos que ya tiene. Después se calculan pocos indicadores con una fórmula escrita. Recién en la tercera fase se proponen cambios de precio, de proceso o de rol. La cuarta fase convierte esos cambios en rutina. Alterar el orden produce documentos elegantes que nadie puede sostener el mes siguiente.
La regla «una cifra, una definición» evita que el mismo vocablo signifique dos cosas en la misma mesa. Si margen quiere decir aporte sobre venta variable, no se usa esa palabra para el resultado después de alquiler y sueldos. Si ciclo de caja se expresa en días, no se mezcla con el saldo de la cuenta. Cada indicador lleva nombre, fórmula, unidad, fuente y frecuencia. Cuando hace falta corregir la definición, se anota la fecha y se recalcula el tramo comparable.
Quien dirige la empresa participa en las decisiones de cierre de cada fase. No se pide que cargue todas las planillas. Se pide que valide las definiciones, elija entre las alternativas de rediseño y asista a las revisiones de tablero. Sin esa presencia, el trabajo se convierte en un informe que describe la operación y no cambia la agenda semanal. El método está pensado para compañías de hasta unas cuarenta personas, donde esa participación todavía es posible.